coleccionismo, revolución y el poder especial de las citas

“En mis obras las citas son como atracadores al acecho en la calle que con armas asaltan al viandante y le arrebatan sus convicciones.”

Walter Benjamin, el autor de esta afirmación, ha sido, tal vez, el primer intelectual europeo que apreció la mutación fundamental que se había producido en la transmisión de la cultura, y la nueva relación con el pasado que de ella se derivaba. Según Benjamin, el poder especial de las citas no nace de su capacidad de transmitir y de hacer revivir el pasado, sino, por el contrario, de su capacidad de “hacer limpieza con todo, de extraer del contexto, de destruir”.

La cita, al separar un fragmento del pasado de su contexto histórico, le hace perder su carácter de testimonio auténtico para investirlo de un potencial de enajenación que constituye su inconfundible fuerza agresiva.

Benjamin, que durante toda su vida persiguió el proyecto de escribir una obra compuesta exclusivamente por citas, había entendido que la autoridad que reclama la cita se funda, precisamente, en la destrucción de la autoridad que se le atribuye a un cierto texto por su situación en la historia de la cultura. La carga de verdad que entraña la cita, es debida a la unicidad de su aparición alejada de su contexto vivo, a la que Benjamin, en una de las ‘Tesis sobre la filosofía de la Historia’, define como: “une citation à l´ordre du jour” en el día del Juicio Final. Sólo en la imagen que aparece por completo en el instante de su extrañamiento, como un recuerdo que relampaguea de improviso en un instante de peligro, se deja fijar el pasado.

Este particular modo de entrar en relación con el pasado, constituye también el fundamento de la actividad de una figura por la que Benjamin sentía una instintiva afinidad: el coleccionista. También el coleccionista “cita” al objeto fuera de su contexto y, de este modo, destruye el orden en el que ese objeto encuentra su valor y sentido. Tanto si se trata de una obra de arte como de cualquier mercancía común que, con un gesto arbitrario, él eleva a objeto de su pasión, el coleccionista asume el deber de transfigurar las cosas, privándolas tanto de su valor de uso como del significado ético-social que la tradición les había otorgado.

Esta liberación de las cosas “de la esclavitud de ser útiles”, el coleccionista la realiza en nombre de su autenticidad, que por sí sola legitima su inclusión en la colección. Pero esta autenticidad presupone, a su vez, el extrañamiento a través del cual ha tenido lugar esa liberación y la sustitución del valor de uso por el valor afectivo. En otras palabras, la autenticidad del objeto mide su valor-extrañamiento, y éste, a su vez, es el único espacio en el que se sostiene la idea de colección.

Precisamente porque eleva el extrañamiento del pasado hasta convertirlo en un valor, la figura del coleccionista está emparentada de alguna manera con la del revolucionario, para quien la aparición de lo nuevo sólo es posible a través de la destrucción de lo viejo. Y desde luego, no es una casualidad si los grandes coleccionistas florecen precisamente en los periodos de exaltación renovadora y de ruptura de la tradición. En una sociedad tradicional no se pueden concebir ni la cita ni la colección, pues no es posible romper por ningún lado el entramado de la tradición a través del cuál se lleva a cabo la transmisión del pasado.

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AGAMBEN, Giorgio
El Hombre Sin Contenido
Ed. Áltera (Barcelona, 1998)
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